¿Cómo se crían?

Mi decidida vocación por la crianza determina que mi entrega sea amorosa y total hacia estos animales. Viven conmigo, más bien habría de decir que soy yo la que vivo con ellos. El cuidado de mis ejemplares y la cría de mis cachorros es mi entrega en cuerpo y alma. Vivo en una casa grande. Una parte destinada a Turismo Rural. Otra zona es un apartamento de cien metros cuadrados, en su día casa rural y que posteriormente entregué a las mamás y sus bebés. Los cachorros y sus madres disfrutan aquí de inmejorables condiciones higiénicas, un ambiente cálido y en un espacio
acogedor.

 

                 

                     

Durante todo el periodo de tiempo que dura su crianza, convivo con ellos. No hay palabras suficientemente grandes para abarcar el gozo inmenso que es asistir, hora tras hora, a este proceso donde un neonato nace a la vida y pelea con su pequeño corazón por ella. O ese día en que abre los ojos, y a través de esa ventana nos muestra la identidad que ya había dentro de él. O el ensimismamiento, día tras día, de ir observando como ese cerebro inmaduro va tomando el conocimiento. Realmente doy fe de que no hay palabras que puedan transmitir tan inmensa ternura y tanta belleza.


     

Cuando una camada nace, las criaturas son totalmente indefensas. Su cuerpecillo es enormemente limitado. Ello significa que no puede regular su temperatura corporal, sus ojos y sus oídos están cerrados y sus órganos débilmente formados. No pueden, tampoco, orinar ni defecar por sí mismos y necesitan para ello del estímulo materno. En muchas ocasiones, muchísimas, es imprescindible la ayuda humana y siempre es necesaria la atención que vele por la supervivencia de estas indefensas criaturas.

 

      



En esta primera etapa de su vida, la más incierta, mis horas al completo del día y la noche son para ellos.

Hacia la cuarta semana, cuando los cachorros comienzan a independizarse de la fuente materna de calor, empiezan a deambular por la casa. Esta es la etapa diamantina en su vida, en ella comienza su socialización. Por ello estimulo a mis cachorros con todo cuanto mi creatividad me permite. Paso las horas con ellos hablándoles y acariciándoles, con distintas formas e intensidades. Estimulo su atención emitiendo sonidos distintos, produciendo deliberadamente ruidos en la manipulación de objetos domésticos, de manera que se acostumbren al ruido y al movimiento. Estimulo constantemente su interés e inteligencia con el juego y la astucia.

 

 

                      

 

                    



Me gusta dejarles que investiguen con todo y cuanto hay en casa. Utilizo la música, variada en ritmos y tonos, también la televisión para que se habituen a la variedad del sonido y a la imagen. Y sobre todo, especialmente, los achucho con cariños, besos, palabras amorosas.

Esta es la etapa de su vida, como todos sabemos, divertida y cómica. El cachorro es impredecible en su gracia y en su sagacidad para inventar lo inventable. No conoce todavía el miedo ni está mediatizado por lo correcto o incorrecto de su comportamiento. Ello le da una libertad de actuación lúdica, y fabulosamente fresca. ´


     

                  


Esta dedicación, junto con la importancia que doy a su socialización, no es tiempo baldío. Los dos primeros meses de vida del cachorro, y en concreto de la tercera a la octava semana son, aunque parezca increíble, determinantes para su vida adulta. Necesita en este periodo vivir experiencias distintas, y novedosas, que estimulen su adaptación.

 

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El cachorro necesita el juego y el descubrimiento; necesita las manos y el calor humano, necesita la ternura y la amistad como necesita del aire, el alimento y el agua. La socialización de un cachorro determina el equilibrio psíquico del perro adulto.

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