Se nos olvida, en estos momentos de la historia, nuestra procedencia. Nuestro entorno nunca fue el cemento, los edificios o los humos de las ciudades. Nuestro medio fue la naturaleza poblada de animales. Es de dominio público el gozo que produce el espacio verde y natural, más cuanto más virgen se mantiene. Y es de sobra conocida la alegría fresca y auténtica que nos produce observar la "gracia" innata de los animales. Se nos olvida que hemos compartido con ellos millones y millones de años. Nuestro cuerpo y nuestros sentimientos están más adaptados a esa compañía que a la del ruido, la máquina o el hormigón.

De manera que en absoluto es "mojigato" este anhelo o esta necesidad de tener un animal para compañía. Porque a ello se suma que este medio de cemento y ladrillo está habitado por seres humanos ya difíciles y complicados que prefieren la envidia, la vanidad o el individualismo a una amistad sincera. Por ello, con frecuencia, nuestras necesidades afectivas están débilmente cubiertas.

Observamos, y es una clara constatación, queha aumentado el número de animales domésticos en los espacios superpoblados como las ciudades. Es paradójico que en este medio, tan colapsado de entretenimiento y de personas, se vuelva a mirar hacia el animal buscando su compañía, su amor estable y duradero. Es muy importante y esperanzador, a mi parecer, que nos vayamos percatando de los grandes beneficios que se desprenden del contacto con un animal. De hecho expertos médicos ya lo recomiendan para las personas de edad avanzada, solitarias o con problemas mentales. Estadísticamente se constata que viven más alegres, más despiertas y más sanas.